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jueves, 22 de enero de 2015

NEGRO SOBRE BLANCO

                               

         Noticia aparecida en un diario de la capital:

La desaparición de D. Jacinto Sisteaga, conocido pensador y erudito, acaecida recientemente en extrañas circunstancias, está siendo investigada por el grupo de homicidios de la policía. Es bien sabido de todos nosotros la vasta cultura y el enorme amor por el conocimiento de nuestro ilustre conciudadano. Sus amplísimas lecturas sobre las más variadas disciplinas así se lo habían facilitado. Entre la infinidad de papeles y escritos hallados en su domicilio ha sido encontrada esta enigmática carta dirigida a un amigo, que nunca fue enviada y que ahora ofrecemos a nuestros lectores.

Estimado Marcos: Te escribo estas líneas desde la angustia y desesperación. He decidido recurrir a ti en una situación que rebasa toda mi capacidad de juicio y que me ha llevado a sentir un vértigo imparable que temo me acabe empujando hacia la locura. Tú, que me conoces bien, sabes de mi constante dedicación al estudio; de mi devoción por desentrañar los misterios más recónditos del alma humana. Pues bien, en este punto toda la energía empleada por mí en la especulación teórica de los conflictos de la mente ha dado un terrible vuelco. Me siento al borde de la demencia y del agotamiento y, quisiera equivocarme, hasta de la muerte más horrible.

No hace muchos días apareció en la mesa de mi despacho una pluma estilográfica. Al principio no reparé en ella pues ya conoces que tengo, entre otras veleidades, la de coleccionar todo tipo de artículos de escritorio. Creyendo que se trataba de alguna de las mías, comencé a utilizarla. En esta labor estaba cuando “algo” llamó mi atención. Ya sabes que gozo con el pálpito del pensamiento en su decantarse hacia la hoja en blanco, y que por este motivo siempre escribo a mano. Pues bien, este mismo hábito me indujo a percibir alguna singularidad en ella. Extrañado por lo liviano de su peso quise interrumpir la elaboración del tratado del cual llevaba escritas varias docenas de páginas con la recién estrenada pluma y me dispuse a analizarla. Se trataba de un modelo de principios de siglo bastante corriente para la época. Muy probablemente todavía circulan gran cantidad de éstas por muchos lugares de nuestro país. No creo que pueda expresarte lo inenarrable de mi sorpresa cuando al abrirla para examinarla detenidamente, comprobé que no disponía de cartucho para tinta. Demudado, y tras escrutar una y otra vez su interior, volví a cerrarla. Aquello era demasiado absurdo para ser aceptado sin más y pese a que carecía  por completo de cualquier sustancia capaz de imprimirse sobre una superficie continué escribiendo en una desesperada actitud con una tinta que no existía y que me iba hundiendo más y más en mi caída hacia la inconsciencia.

En este punto la carta se interrumpe y continúa en otro lugar bajo una escritura acelerada y tortuosa...

La mujer que limpia mi casa me ha despertado agitándome la cabeza. Yo, que no me tenía en pie, sólo he podido balbucear torpes palabras hasta que ha comprendido a qué me refería. Ha puesto la pluma a mi alcance y con la cabeza a punto de explotar he podido trazar algunas líneas; sólo entonces me he recuperado. Esta arma letal ha conseguido esclavizarme y tenerme sujeto a su empleo, al absurdo antojo de que escriba sin cesar con una tinta que no sé de dónde proviene.

Hace unas horas he intentado dejarla sobre la mesa con disimulo esperando que no se percatase de mi huída, pero ha sido imposible. Mi mano derecha, que es con la que suelo escribir, se ha aferrado a este cilindro de pasta como si su vida fuera en ello y así se ha mantenido largo tiempo hasta que los nudillos se han puesto lívidos. Sólo ha aflojado la presión al convencerse de que no tenía ya intención de soltarla; y hay algo aún peor, pues cuando no escribo siento una presión intolerable que amenaza con reventarme en pedazos. En esos momentos noto una enorme cantidad de información inútil atestando mi órgano más preciado y colapsándolo todo. Pierdo la consciencia, el control de mis actos y no sé qué hago o digo entonces.

Nota del redactor:

La carta, no lo olviden nuestros lectores, nunca fue enviada y continúa en un trozo de cartón hallado en el hospital dónde estuvo ingresado D. Jacinto por los policías que investigan el caso. Tal y como ha sido corroborado por los expertos peritos calígrafos consultados, evidencia un estado supremo de agotamiento y ansiedad...

Me dirijo a ti de nuevo, querido amigo, para decirte que en estas dos últimas semanas han tenido que hacerme ingresar en un centro especializado en medicina interna. La conclusión a la que han llegado los doctores es pasmosa: parece ser que mi cerebro se halla completamente impregnado de tinta y la única manera que ha encontrado de vaciarse es por medio de la escritura. Esto explicaría por qué necesito escribir sin cesar; aunque continúo sin saber qué extraño conducto mantiene unido mi cerebro con la maldita pluma. Ignoran cómo ha llegado la tinta hasta ahí, pero yo creo que deberían echar un vistazo a mis libros y enciclopedias. Puede que en ese lugar esté la clave. Los médicos me han prohibido terminantemente trazar ninguna línea y he tenido que robar éste trozo de tiza para poder comunicarme contigo. Lamentablemente, no han tenido en cuenta que sin mi instrumento de agonía la vida se me escapa de manera aún más rápida y dolorosa.
        
Noticia del periódico, un día después:

 Jacinto Sisteaga fue hallado en su propio estudio con la cabeza reventada y con las paredes de la habitación impregnadas de tinta. Una vez inspeccionada la biblioteca se ha comprobado que ninguno de los numerosos volúmenes tenía el más mínimo signo gráfico como si hubiesen sido absorbidos por un extraño poder. Inexplicablemente el cadáver carece de masa encefálica, mostrándose el interior del cráneo de un inquietante color blanco.



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