Seguidores

martes, 2 de diciembre de 2014

EL SACERDOTE


            Unos pasos resonaban en aquel espacio helado y frío. El hombre, de gran corpulencia, elevaba sus oraciones al cielo cortado para él por un grueso muro de granito. Levantando el cáliz repleto del vino de la vida, sus ojos destellaban como en una orgía de terror y lujuria. Gruesos goterones de sangre resbalaban desde la comisura de la boca hasta la negra sotana. La muchacha creyó que flotaban sobre el aire sin advertir el fino hilo de saliva que los mantenía en suspenso. - ¡Qué guapo está hoy mi novio! Pensó la frágil chiquilla.

            Pasaban los años como caía la lluvia mansa sobre el camposanto de la iglesia. Un débil suspiro de vida la sostenía acurrucada en la mazmorra y cubierta por los mismos andrajos que antaño fueran su blanco y florido vestidito de virgen. Allí tiritaba y allí suspiró algún tiempo por su libertad, por el agua que abrevaba las flores marchitas de las tumbas. ¡Y su frágil piel lechosa ajena a aquella pureza, ajena al cielo estrellado mientras escuchaba el restallar de unos huesos bajo la tierra que en su febril imaginación creía suyos!

            Encarcelada cuando apenas amanecían las primeras rosas de su juventud, los primeros años de terror y soledad habían hecho mella en ella transformando el primigenio odio por el torturador en amor y veneración. El día sólo existía fuera de los lúgubres muros. Mientras en el exterior se sucedían primaveras y alegrías sin fin y otoños y dulces veranos, allí dentro habitaba un crudo invierno húmedo y en penumbra. Mientras brotaban flores y llovían pétalos de alegría por el mundo, la muchacha notaba cómo se ajaba su piel y se apagaba el calor de su alma. La celda, excavada años atrás con fines perversos, se hallaba justo bajo el altar donde el monstruo oficiaba su misa diaria ante los feligreses de la cercana aldea, ante quienes fingía un noble papel de sacerdote santo y apacible.

            - “¡Quiero salir de aquí!” El viento ululaba tras los fríos muros y la noche caía espesa “¡Qué, qué ha pasado… Dios mío, Dios mío!” Una frase se repetía obsesivamente en su cabeza. Una única frase a la que se agarraba con fuerza: “Padre nuestro que estás en los cielos…” Podía recordar la ascensión  a la aldea, la alegre excursión de un domingo. El cuerpo que se despereza en la montaña, las risas cómplices, el jadeo entre peñascos, el inconsciente coqueteo entre amigos. La tarde estaba ya avanzada y aquella iglesia a la vuelta de un recodo. Una sorpresa…

            El templo se llenaba a diario de salmos y responsos y un  órgano retumbaba incesante durante horas. El quejido de la madera al sentarse y arrodillarse de los fieles llegaba hasta ella y le hacía sentir como a un miembro más de una comunidad sagrada de la que ella participaba en soledad. Al terminar la ceremonia su carcelero solía visitarla. En aquellos momentos sus ojos brillaban con una luz especial, una luz de borrachera y negrura. El sacerdote, colocándose en cuclillas frente a ella, la observaba en silencio mientras de sus gruesos labios iba creciendo una sonrisa de placer, una burla sarcástica al sentir su total señorío sobre la pequeña que, inerme, sentía al cínico como un padre, un dios enorme y sabio protegiéndola de todo mal. En esas ocasiones, el sacerdote, casi dominado por la lujuria, salía huyendo para contenerse tras la pesada puerta. La muchacha le escuchaba entonces rugir y revolcarse. Era como una fiera a la que la propia intensidad de su voracidad impidiese consumar su delirio.

- ¿Me quieres? – sollozaba la criatura.
- Claro, claro que te amo, pequeña. El sacerdote acariciaba entonces la cabecita mientras unos ojos azules le observaban con admiración.
- ¿Me… me vas a cuidar?
- Siempre, pequeña. Nadie podrá nunca tocar tu alma pura. Se dirigía entonces escaleras arriba, donde pesados goznes de hierro gemían dejando caer otra fría noche sobre el catafalco de la joven.

            Esposada a una argolla de la pared y con las losetas de piedra por todo lecho sufría, casi totalmente inmovilizada, en la oscuridad de la celda. Desde allí escuchaba merodear a las ratas y en más de una ocasión despertó con uno de aquellos hociquillos junto al rostro. Toda aquella triste agonía mermaba de tal manera su salud que el carcelero, temiendo por su presa, decidió habilitar un jergón de paja sobre el suelo para librarla así durante unas horas del áspero yugo de la cadena. El agradecimiento invadía entonces el corazón de la joven cuando, tras largas horas de obligada quietud, escuchaba el roce de la sotana y luego el áspero aliento y, sobre todo, aquella rígida autoridad que caía sobre ella como el agua sucia sobre la cuarteada piel de un desierto; siempre en deuda  por la mezquina ayuda.

            Un atardecer, una terrible duda asaltó al monstruo durante la ceremonia. La sangre golpeaba con fuerza las sienes y las aletas de la nariz palpitaban de ira. Era una sospecha que había aguardado agazapada y ahora saltaba como una fiera sobre él. Tuvo que permanecer sereno ante los fieles que llenaban la iglesia. Mordiéndose las mejillas, los dientes rechinaban de impaciencia. Una vez que la misa hubo terminado corrió a despedir a todas las viejas aldeanas y enfermos impotentes de la vida. Abalanzándose sobre la muchacha la arrastró brutalmente escaleras arriba, donde un grueso velón se mantenía permanentemente encendido. Allí palpó con manos torpes y enfebrecidas el aún virginal sexo de la muchacha.

            Aquella noche el sacerdote soñó terribles blasfemias. La duda sobre la inocencia de la niña nunca había entrado en su conciencia y cuando lo había hecho, había sido con una irresistible presión. En su delirio, su niñita pura era instrumento para una terrible violación que debía ser consumada justo en el día de la resurrección del amor. La más inocente pureza sería violada y su sangre bebida y rociada sobre el templo sagrado.

            La niña desfallecía sobre la dura piedra víctima de los golpes contra los escalones. Un hilillo carmesí manaba de su sien. El sacerdote, reclinado sobre ella, veía cómo se escapaba su presa por la única salida que le quedaba: la muerte.

- “No me dejes, pequeña. Tengo cosas tan hermosas pensadas para ti…”

            El color marfil del cuerpo de la muchacha aparecía veteado por un campo de amapolas, como un último recuerdo de vida agolpándose en aquellos rojos cardenales. Se oyó de pronto un débil estertor de muerte fundiéndose con el grito de rabia del sacerdote.- “¡Guarra, maldita!” Un ¡No! Había sido pronunciado y no  podía aceptar aquella negativa a su crueldad.

            Sobre la montaña lucía un radiante día primaveral. Los campos cantaban la alegría del sol tras el largo invierno y un enorme arco iris parecía prometer una benévola estación para todos.

            Domingo, día del Señor. Día de excursión para los jovencitos del pueblo. Unos golpes sonaron en el portón del templo. Los ojos del sacerdote brillaban en la oscuridad…



No hay comentarios: