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sábado, 27 de diciembre de 2014

DESCIELADO



De entre la bruma había surgido. Desde las aguas selváticas y la umbría sombra donde borboteaba un sol blanco desgajado por la espesura. Entre el vaho de una tierra que exhalaba un olor penetrante como dagas. En un remanso de agua, con el borboteo de la alborada que se abre a una luz que nunca llega plena. Confundido en un torrente ignoto que rompe en ciénagas crepusculares y rugidos del silencio. Nativo de una región de ensueño, allí donde las luciérnagas del río baten de oro negro la noche y un verde intenso se deja caer tras parar el claror con su escudo de savia fragante: una coraza de hojas en el corazón del bosque junto a las ondas que dan a luz imágenes hasta que un golpe de brisa las borra para siempre. ¡Allí vio su primera alborada cuando aún no era más que una humedad exhalada de los cañaverales flotantes del río! En aquel lugar fue engendrado por el esperma derramado de la luna en una noche sin estrellas y por los sueños de las sirenas que habitaban lo más hondo. Su cuerpo tejido de brumas surgió desde el lodo. Era entonces apenas un sueño cuajado de aromas salvajes y confusos perfiles: tan sólo un vago latido de aire brotando del polvo de estrellas caído tras siglos ingentes en aguas fecundas…

            Y aquella bruma nacida del cielo y el agua, quiso fluir hacia el mundo. Rompiendo el remanso que la había engendrado avanzó entre troncos vetustos y flores perdidas en eras eternas; dejando jirones de niebla fue sorteando la selva. Avanzaba e iba cobrando mayor consistencia por obra del sol y del miedo a la muerte. Cuando alcanzó el confín de los bosques durmió en los pastos. Entonces su cuerpo tumbado doblaba la yerba, repleto de peso. Había empleado tanto coraje buscado otro horizonte que cobró mayor realidad: ya no era tan sólo un sueño confuso de niebla. Notaba vibrando  el rocío del pasto, y bajo el cielo las frías estrellas querían recordarle algo que él no sabía. Extasiado ante los astros a menudo sentía que ahí estaba su hogar, del que había caído por un túnel negro.

            Era el tiempo de la batalla y se mantuvo largo tiempo extático, oculto entre el fango, alimentándose de los rayos de luna que atravesaban su espíritu desconcertado. Su percepción lo penetraba todo y cubierto por el rocío de la mañana sentía crecer la hierba, crujir las nubes, romper el grano en el interior de la tierra. Estaba más allá del tiempo, libre de las ataduras que encadenan lo que nace y muere. Pero algo tiraba de él para que fuese como las demás criaturas del bosque. Sabía que necesitaba asemejarse a lo que le rodeaba, adueñarse de su cuerpo, embrutecerlo para hacerlo más denso, aunque esto le supusiese ser más débil.

Poco a poco fue abandonando el corazón del bosque, hasta que descubrió que otra noche titilaba como un cielo extendido a sus pies. Era el pueblo montañés que relumbraba por el fuego en sus hogares y supo que no estaba tan sólo como había creído. Temblaba de frío buscando su norte y notó que cerca había más seres de sangre luchando en la tierra. Escondido entre el follaje observaba el comportamiento de los aldeanos, sus idas y venidas, sus vicios y virtudes. Ajenos a su presencia trabajaban los campos, alimentaban los rebaños; reían, lloraban, envejecían con rapidez. Notaba, con la seguridad de un instinto infalible, que eran vidas con una dimensión más estrecha que la suya; existencias pletóricas de dolor a las que la muerte dotaba, con su horizonte insobornable, de un precioso valor. Si hubiese conocido las palabras habría pronunciado vocablos como fascinación, miedo, compasión. Estas eran, en lo fundamental, las emociones que aquellos seres de carne y sangre le suscitaban. Pero, por encima de todo, al igual que la campana de la iglesia que tañía de monte en monte, un amor martilleaba en su corazón despojándole de sus prevenciones, impulsándole a convertirse en un hermano mayor para ellos.
                                                                               
A medida que se adueñaba de su cuerpo sentía el impacto del clima con mayor intensidad. La noche que conoció el frío intuyó la esencia del dolor y, por la mañana, los rayos cálidos del sol le mostraron lo que era el placer. Tal vez ser hombre significase sufrir, gozar, saberse vulnerable y tratar de superar la indigencia. Al ir espesando su cuerpo notaba la pérdida de condiciones inherentes a las que renunciaba para un mejor adecuarse al mundo. El conocimiento de cómo experimentaban la vida otros seres le llegaba por empatía, más que por experiencia propia.

No recordaba de donde venía ni a donde iba. No sabía quién era. Se sentía tan vulnerable que temía que le matasen si le encontraban. Durante un tiempo se refugió en el interior de una gruta con la entrada velada por la cola de caballo de una cascada. Las estrellas palpitaban sobre su cuerpo derrengado a través de unas rendijas en la roca, mientras su espíritu vagaba por regiones inefables sin saber si las recordaba, soñaba o experimentaba en ese mismo momento.

De aguas y tiernas penumbras iba llegando a un cuerpo de carne. Se obligaba a comer algas gelatinosas que arrancaba del fondo de la cueva, musgo cuajado de rocío y alimentos así de evanescentes que su cuerpo en formación no rechazaba. De tanto en tanto examinaba su reflejo en río pues ansiaba poder confundirse entre los hombres, pero la imagen que las aguas le devolvían le mostraba que las diferencias eran todavía excesivas. Creía que alimentándose como los aldeanos espesaría el cuerpo y, aunque comer carne habría acelerado su transformación, la repugnancia le hizo renunciar antes de intentarlo. Para él los hombres eran también animales y no comprendía que fuesen capaces de devorarse entre sí.
                 
El olfato de los depredadores fracasaba con él. El instinto infalible en tantas cacerías - orgías de muerte y sangre-, se embotaba ante esa presencia de luna llena que les perturbaba, con lo que le rehuían faltos de interés o bien se alejaban presas de un terror sagrado. Así fue cuando una fiera de fauces repletas de sables sanguinolentos se acercó chapoteando en el barro. Él se quedó quieto, con la curiosidad de comprobar el comportamiento del felino que olfateaba a su alrededor. No sintió miedo, ni siquiera se inmutó cuando la fiera exhaló su ronquido profundo sobre él. La bestia no lo reconoció ni como presa ni como amenaza y pasó de largo sin aspavientos. Otra vez un cervatillo brincando entre los riscos tropezó con él. Podría esperarse que una cría tan delicada huyese con miedo pero agachó la cabeza, apoyó el húmedo hocico en el pecho desconocido y se durmió dulcemente como lo habría hecho con su madre.

Un vacío insondable que le acompañaba desde su nacimiento le empujaba a buscar la cercanía de los aldeanos, aunque se daba cuenta de que algunos eran peores que las bestias entre las que vivía y que jamás podría confiarles su corazón. Muchas gentes hechas de barro y hueso salían de sus cabañas con cada nuevo sol. Sus brazos abrían los campos y araban la tierra ¡Bebiendo la sangre comían la carne de bestias salvajes! Le desagradaba su violencia, su egoísmo, su diaria cobardía. Pero le atraían los niños jugando en los días soleados, las risas de las mujeres que lavaban las ropas en el arroyo, las voces de los hombres que arreaban a las bestias en busca de un prado. Y así como los astros se agrupaban tomando formas diversas, supo que moriría si no encontraba otras luces semejantes.

Venciendo el temor vagó por la aldea. Un viento de tierra le golpeaba en los callejones. Recorrió maravillado laberintos de piedra, recovecos en penumbra, portales y fachadas con ventanas de luces brillantes levantadas por el hombre. Contemplando las escenas familiares que intuía por detrás de los postigos un fuego se encendía en su pecho de cristal, que era un recuerdo de su procedencia de aguas y sueños. Aquella población de muros asediados por el musgo, de empedrados que a duras penas contenían el empuje de la naturaleza, era un hogar que daba cabida a todos y por primera vez pensó en la raza humana como un solo ser de muchos miembros. Si en un lugar tan pequeño era así, ¿cómo sería en las grandes poblaciones que había más allá de las montañas picudas que eran su horizonte?
                                                  
En otras ocasiones bajaba para recorrer, oculto por la noche, aquellos callejones tantas veces contemplados desde su escondite en la montaña. Recordaba vidas en las que él también vivió inmerso en otras colmenas semejantes en sudor y suciedad, en trabajo e hijos, en buenas y malas cosechas y que el amor y el dolor le habían embargado como a ellos antes de que la muerte le segase, una y otra vez, con su guadaña. Porque le asaltaban visiones de multitud existencias en cada continente y también en otros mundos más benévolos que este; paraísos donde era posible materializar cada ilusión que los corazones engendrasen. Haciendo uso de un archivo prodigioso situado más allá de su espíritu, revisitó la realidad a través de centenares de ojos que fueron los suyos pero que hacía mucho que se habían podrido en sus propias cuencas para volver a la madre tierra. Carecía de memoria del paso inmediatamente anterior a su caída, con lo que ignoraba el porqué de esta nueva inmersión en la penumbra de la carne. Al menos, dueño de una sabiduría atesorada tras muchas muertes, pudo explicarse por qué este mundo basto y cruel le resultaba familiar.

Aquellas gentes que se le figuraban hechas de terrones de tierra contrastaban con su naturaleza todavía mudable. Se dio cuenta de que tenía habilidad para deslizarse por los callejones, ocultándose o emergiendo desde los abrevaderos o desde cualquier portal con una agilidad tal que los aldeanos no lograban verle. ‘Tal vez’, se dijo, ‘mi cuerpo les resulte tan sorprendente que, si alguno me ve durante una décimas de segundo, se niegue a sí mismo mi presencia’.
                                                       
Una mañana que vagaba por las calles escuchó un tumulto en la plaza. Haciendo uso de su capacidad para pasar desapercibido, se acercó a los aldeanos que llevaban un cerdo enorme engordado hasta aquél mismo día. Lo llevaban atado por el cuello unos hombres armados con mazas con las que le iban curtiendo la piel a golpes a medida que avanzaban apretujados por el callejón. El animal se mostraba sorprendido de recibir tantos palos después de haber sido tratado toda su vida a cuerpo de rey en la pocilga.

Enseguida se escucharon los chillidos del animal atado por el cuello, inmovilizado por las patas, reducido a golpes de bastón en un espectáculo dantesco de crueldad sangrienta. Aún estaba vivo cuando lo colgaron de un gancho boca abajo y le punzaron en el cuello con un cuchillo. El olor dulzón de la sangre parecía excitar salvajemente a los hombres, que le parecieron más crueles de lo necesario. El marrano fue desangrándose en grandes barreños que las mujeres recogían antes de que se coagulase. Todavía colgado del gancho comenzaron a vaciarlo de todos sus órganos y, cuando por fin lo bajaron de su cruz, fue para descuartizarlo meticulosamente. Los chillidos del animal tardaron en disiparse tanto como la sangre en resbalar hacia las canaletas dispuestas en la piedra y continuaron resonando en los oídos de todos cuando sus patas eran ya jamones y su sangre morcillas. Lo que más le  sorprendió de esta orgía de crueldad fue la naturalidad de todos pues, con el orgullo pintado en la cara y aun en los momentos de mayor sufrimiento del marrano, reían y hacían comentarios jocosos como si de una fiesta se tratase. 

Algunos atardeceres rondaba las proximidades de la aldea hasta que, en una ocasión, un cachorro de hombre se alejó unos metros del granero donde su madre salaba las carnes junto con otras mujeres. Se acercó hasta ese pequeño que jugaba con la tierra, notando que su nacimiento había acontecido decenas de lunas atrás y que, no obstante, él era aún más joven que el niño. Una rama quebrada hizo que el cachorro se diera la vuelta, se le quedó mirando fijamente y, por primera vez desde su llegada de entre las brumas, sintió que se volvía más real. No quiso que sus lloros atrajesen a la madre, por lo que tocó su frente con paz y le tranquilizó de inmediato. Jugaron juntos con la tierra, con ramas que representaban a la familia del pequeño, escenificando comportamientos que aprendía con avidez. Mientras captaba información de la vida de los hombres se reconoció en sus balbuceos, en su aprendizaje para abrirse paso entre las tinieblas de un mundo ajeno. Los ojos del pequeño le trasmitían que la bondad tenía cabida en el mundo mientras experimentaban esa eternidad dichosa que sólo la infancia y la inocencia permiten disfrutar. La mirada del niño cuajaba en él mientras que el vacío que taladraba su alma se iba llenando de una dulzura añorada. Su reflejo, al impactar sobre otro ser, despejaba las brumas que le envolvían.
                                                                                        
De pronto, un grito de angustia le despertó de su sueño de juegos. Era la madre aterrorizada que ya sujetaba a su hijo entre los brazos para salvarle del extraño. No tardaron en rodearle más vecinos dispuestos con sus azadones y palos. La primera oleada de violencia la contuvo su aspecto insólito. La piel trasparentaba un aparato muscular y osamenta fuertes; el pelo, oro blanco a la altura de los hombros palpitaba como un órgano más del cuerpo. Era escuálido, pero dueño de una aparente perfección que se desmoronó en cuanto vieron las dos protuberancias blanquecinas, supurantes entre los omoplatos. Le interrogaron para saber quién era y de donde venía, aunque no pareció entender las preguntas y apenas dejó escapar un golpe de vaho, un resto de algas de aguas profundas: escamas de ondinas de un río perdido; de verdes sirenas que tejen las vidas de sueños y anhelos, y alas de aves que baten de rizos las aguas de olvido. Entonces decidieron que era un anormal víctima de alguna tara y, para evitar un posible contagio pero, sobre todo, por causa del miedo, lo llevaron a la pocilga con la excusa de pensar qué hacer con él y con la esperanza innominada de que se lo comiesen los cerdos. Para no tocarle, le señalaron el camino con las hoces y guadañas que él siguió sin miedo, acostumbrado a aprender de cada experiencia. Cuando llegaron, le patearon con las suelas de sus botas hacia esa mezcla de barro y excrementos en el suelo de la pocilga. Los cerdos, revolucionados ante el nuevo compañero se acercaron excitados para olisquearle, pero perdieron el interés pues su carne era insípida y no parecía un rival que fuese a luchar por la comida. Los vecinos le observaban desde detrás de los barrotes, pero la porquería se había adherido a su piel traslúcida privándole de la luminosidad radiante y el pelo adquirió un tono mortecino, con lo que a los pocos días se cansaron de su presencia cubierta de inmundicias. Tan sólo se acercaban algunos niños aburridos para arrojarle pescado podrido sin conseguir que su cuerpo acurrucado en una esquina se moviese un ápice.

Por aquel tiempo, una niña púber desapareció de su casa. La aldea entera la buscó por los alrededores, pues a los padres les angustiaba que algún vagabundo la hubiera raptado para desfogar su lujuria con ella. Fracasaron, pero al cabo de dos días regresó por su propio pie con síntomas de haber sido hechizada. Tenía la mirada ausente y una sonrisa bobalicona instalada en el rostro. En vez de dormir bailaba durante horas con movimientos provocativos que había que atajar para evitar males mayores, o rompía a llorar víctima de un terrible desconsuelo. Las únicas palabras que pronunció cuando le preguntaron que donde había estado fueron ‘sus ojos, sus ojos’, acompañadas de intensos suspiros de arrebato amoroso. Como al cabo de los días seguía igual, la entregaron al cura para que mediante un exorcismo rompiese el hechizo. No consiguió nada, ni tampoco los curanderos a los que la llevó la desesperación de sus padres.
                             
La alarma cundió cuando sorprendieron a otras niñas mirando absortas entre las rendijas en los tablones de la pocilga. Esto les dio la pista de que alguna nefasta influencia procedente del prisionero era responsable de que comenzasen a suspirar por las noches, de que sus ojos derivasen ya hacia regiones que las alejarían para siempre. Las madres se desesperaban temiendo que a sus hijas les sucediese lo que a la vecina y los padres se arrancaban mechones de barba mientras se devanaban los sesos en busca de una solución.

Entonces cayeron en la cuenta de que cuando lo encontraron nadie había logrado sostener su mirada más de lo que dura un pestañeo. Su cuerpo a medio hacer les había causado asombro o repugnancia pero lo que de verdad les intimidó fue la mirada, penetrante como un cuchillo en la niebla de sus mentes. Si luego lo olvidaron era por el sabor a humillación de esa derrota. ¿Quién de entre ellos habría soportado impertérrito un encierro así? ¿Acaso dudaba alguien de que quería darles una lección de fortaleza, reprocharles su crueldad con un comportamiento aparentemente intachable? Aquella misma noche dejaron abierta la puerta de la pocilga, temerosos de que se quisiera quedar ahí para siempre y aún a riesgo de que los cerdos se escapasen.

El prisionero, horrorizado por lo que acababa de vivir, comprendió que no estaba preparado para mezclarse con los hombres y se marchó con intención de endurecerse en su refugio en la roca, donde una cabellera de agua rompía en mil hebras y su rumor constante liberaba una serenidad que le pertenecía por derecho. Tumbado sobre las aristas de los guijarros imaginaba que se abrían cada vez más las llagas en su espalda, para volver del revés su cuerpo y aflorar así la parte más secreta de su ser. A través de las grietas en la piedra veía girar los astros candentes mutando en profundos azules a medida que se abría la mañana. Cuando al cabo de varias lunas salió de su refugio, el pecho había ganado en opacidad y ya no transparentaba los restos remotos del agua resuelta de su interior, sino que se cerraba sobre sí mismo devolviéndole su reflejo y haciéndole más fuerte.

Aquellos hombres se relacionaban entre sí porque cada uno de ellos fraguaba en unos márgenes definidos. Él, por entonces, apenas era una sombra de lo que llegaría a ser. Debía nutrir su deseo para lograr un “yo” preciso. Pero… ¿Qué era el deseo? Con frecuencia veía parejas fornicando escondidos en algún recoveco entre los árboles. Los había visto así incluso en el interior de sus propias casas cuando, deslizándose por los callejones un chillido de placer le entrometía por una ventana abierta, convencido de que la pasión les impediría reconocer su presencia.

Una retrasada mental a la que despreciaban porque recorría los bosques cantando y bailando al son de su capricho se topó con él. Al contrario de lo que habría hecho cualquier otro no sólo no huyó, sino que quiso tocar esa piel transparente que le fascinaba y cayó presa de inmediato en la red de sus ojos. Hechizada de manera semejante a las niñas púberes, acarició los muñones de la espalda y él supo, con la rapidez fulgurante de un rayo, que iba por fin a conocer el amor carnal. La mujer era densa como la madera y dulce como un atardecer y, al estrecharla contra su pecho, percibió un aroma tan intenso como la selva hirsuta tras las lluvias.

Cuando le sorprendió la realidad enhiesta de su sexo la arponeó sin más y entonces  se supo capaz de llevar a cualquier mujer al paroxismo. Con cada golpe de cadera la hembra gemía poseída por un placer rotundo inalcanzable para él. Embadurnado con los fluidos corporales le resultaba una experiencia única que no acababa de embargarle del todo ¿Podía esperarse otra cosa de quien no estaba sujeto a las servidumbres animales?

Sabía que los hombres necesitaban de catarsis así para liberarse por unos instantes de su soledad. Sin embargo él, que podía considerarse la soledad en estado puro, que usaba de todas las destrezas aprendidas de los aldeanos en sus correrías silenciosas, no conseguía que prevaleciese el instinto. De vez en cuando vislumbraba cierto placer animal, pero más que nada escudriñaba el corazón de la hembra, atónito por el apabullante descontrol de sus sentidos. La pequeña muerte que aúna al ser con el todo le era esquiva. La única noticia que tuvo del éxtasis fueron los rugidos de placer con que su compañera amedrentó a la montaña. Por fin, cuando ya no cabía esperarlo, un afortunado golpe de caderas desató en él la espoleta atávica y poderosa. Entonces ambos lucharon en un combate convulso hasta que la noche asaltó sus cuerpos cubiertos por el barro de la ciénaga.

Como un borracho se alejó entre la oscuridad hasta un promontorio solitario desde donde veía brillar el firmamento poblado de ascuas. Allí tumbado supo que un nuevo alumbramiento le había alcanzado a partir del momento en que sorteando la selva buscó un mundo nuevo desde su brumoso nacimiento entre los cañaverales. Notaba emerger con furia los muñones en su espalda agrandándose, desplegándose, queriendo abarcar el mundo. Ya habría tiempo de eso. Ahora vibraba al saber que lo que acababa de vivir le acercaba un poco más al misterio de su existencia.


Hasta él llegaban rumores procedentes de más allá de las montañas. Era el sonido de las mareas humanas que ocupaban el mundo gritando con desgarro para que alguien les ayudase; el clamor de tantos hermanos pequeños que esperaban que les tendiesen una mano. Presentía que su futuro estaba lleno intromisiones en los hogares de personas que jamás sabrían de su existencia, por lo que pensarían que el milagro les había visitado. Tendría para ello que conocer las poblaciones que había más allá de las montañas; aldeas enormes repletas de hogares con formas de hormigueros electrificados, colmenas donde se apiñaban, unos encima de otros, millares de hombres. Debía apaciguar las visiones de los ríos de lágrimas que ahogaban a quienes eran más débiles que él. Pero antes de que todo esto llegase tenía una misión que cumplir: apenas faltaban unos cientos de metros para la cima y pronto contemplaría a través de la bruma el edificio gris que llamaban Hospicio.


1 comentario:

Luna dijo...

Descielados y el mismo insomnio. Con la luz encendida para que la noche luzca su traje de reina.

Saludos y buen día!